El grafiti en Bogotá: de la pared prohibida a la galería abierta

Grafiti de un rostro de mujer en una pared de Bogotá
Foto: Unsplash

Quien llega a Bogotá por primera vez suele fijarse en lo mismo: las paredes. Culatas enteras pintadas, murales en la calle 26, callejones en La Candelaria donde no queda un centímetro libre. Hoy es fácil pensar que siempre fue así, pero no. Que el grafiti sea parte de la identidad de la ciudad es algo bastante reciente, y costó llegar hasta ahí.

Primero fueron las consignas

Según el diagnóstico sobre grafiti que hizo el Distrito en 2012, en los años setenta Bogotá ya tenía un movimiento fuerte de pintas: consignas estudiantiles, políticas, de oposición. Era una pared para protestar, no para decorar. El grafiti como lo conocemos hoy, con letras, personajes y color, llegó después, de la mano de la cultura hip hop que había nacido en Nueva York.

Durante mucho tiempo la relación entre la ciudad y quienes pintaban fue de choque. Pintar una pared era, sin más, un problema de orden público.

2011, un punto de quiebre

En agosto de 2011, Diego Felipe Becerra, un muchacho de 16 años, murió por el disparo de un policía mientras pintaba un grafiti en Suba. El caso conmocionó a la ciudad y obligó a plantear una pregunta que hasta entonces se evitaba: ¿cómo debía relacionarse Bogotá con su arte urbano?

Hoy el museo virtual de arte urbano y grafiti del Distrito lleva su nombre.

La norma: el Decreto 75 de 2013

La respuesta institucional llegó en febrero de 2013 con el Decreto 75, que reconoce el valor cultural y artístico del grafiti, define lugares autorizados para practicarlo y promueve una relación de práctica responsable entre artistas, comunidad y autoridades. Después, el Decreto 529 de 2015 lo ajustó. Existe incluso un trámite distrital para autorizar muros donde se puede pintar.

No resolvió todas las tensiones, y cualquiera que camine la ciudad sabe que conviven el mural cuidadoso y la firma rayada sobre una fachada recién pintada. Pero cambió el marco: la pregunta dejó de ser cómo borrar y pasó a ser dónde y cómo pintar.

De ahí a los festivales

Desde 2016 existe el Festival Distrito Grafiti, que ha llevado artistas de Bélgica, Francia, España y otros países a pintar junto a bogotanos. Desde 2022 hay además un festival internacional de arte urbano. Y el grafiti se volvió también un recorrido turístico, algo impensable hace veinte años.

A mí me interesa esta historia porque dice mucho de cómo una ciudad puede cambiar de opinión sobre su propio espacio. La pared que antes se consideraba un problema ahora es un atractivo. Y eso abre preguntas para quienes construimos: si las culatas y los muros ya son lienzo, los vallados de obra también pueden serlo.

Fuentes