
Columna de opinión
El 15 de abril de 2019, el mundo entero vio arder Notre-Dame. La aguja que se desplomaba entre las llamas se convirtió en una de las imágenes más tristes de la década. Muchos pensamos que la catedral, tal como la conocíamos, estaba perdida para siempre.
Cinco años después, el 7 de diciembre de 2024, volvió a abrir sus puertas. Se recaudaron 846 millones de euros en donaciones de todo el mundo, de los que unos 700 millones se destinaron a la reconstrucción. Y en la obra trabajaron alrededor de 2.000 especialistas: canteros, carpinteros, restauradores, ingenieros, arquitectos, vidrieros, herreros.
La historia se suele contar como una hazaña de voluntad política y de generosidad internacional. Y lo fue. Pero cuando la miro desde mi oficio, veo sobre todo otra cosa: una historia sobre las manos.
Oficios que casi desaparecen
Para reconstruir la cubierta medieval, conocida como el bosque por la cantidad de vigas de roble que la formaban, hubo que recurrir a carpinteros capaces de trabajar la madera con técnicas muy parecidas a las del siglo XIII. Para las bóvedas de piedra, a canteros que saben leer una piedra y tallarla a mano. Para los vitrales, a maestros que conocen oficios que ya casi nadie practica.
Francia pudo hacerlo porque todavía conserva esos saberes, gracias a escuelas de oficios, gremios y una tradición de restauración que no se abandonó del todo. Y aun así, la obra obligó a formar gente nueva y a buscar especialistas por todo el país.
Lo que eso dice de nosotros
En Colombia, cuando hablamos del sector de la construcción, hablamos de cifras: metros cuadrados, iniciaciones, ventas, empleo. Rara vez hablamos de oficios. Y sin embargo, cualquiera que haya estado en una obra sabe que la calidad de un edificio depende en enorme medida de la calidad de las manos que lo levantan. Un buen maestro de obra, un buen enchapador, un buen carpintero, un buen soldador hacen la diferencia entre un edificio correcto y uno excelente.
Hoy muchas constructoras en el país hablan de lo mismo: cada vez es más difícil encontrar mano de obra calificada. Los jóvenes no ven en la construcción un futuro atractivo, los maestros con experiencia se retiran y no siempre hay quién herede su conocimiento. Es un problema silencioso que ya se nota en los costos y en la calidad.
El patrimonio también es nuestro
Hay otra lección de Notre-Dame que me parece importante para Colombia. Tenemos un patrimonio arquitectónico enorme: centros históricos como Cartagena, Mompox, Popayán, Barichara o La Candelaria en Bogotá; iglesias coloniales; arquitectura republicana; casas de bahareque en el Eje Cafetero. Mucho de ese patrimonio necesita mantenimiento constante, y para eso se necesitan oficios específicos que también están en riesgo.
Colombia tiene un programa de Escuelas Taller que desde hace años forma jóvenes en oficios tradicionales de construcción y restauración, y que ha hecho un trabajo valioso. Pero creo que como sector deberíamos valorar mucho más a quienes dominan esos oficios, pagarles mejor y darles el reconocimiento que merecen.
Construir también es un acto cultural
Notre-Dame me recordó algo que a veces se nos olvida en medio de los cronogramas y los presupuestos: construir es también un acto cultural. Cada edificio lleva dentro el conocimiento de quienes lo hicieron. Cuando ese conocimiento se pierde, se pierde algo más que una técnica. Se pierde memoria.
Por eso me interesa tanto la relación entre arquitectura y arte, y por eso defiendo que las obras dejen algo visible en la ciudad, como los vallados de obra intervenidos con arte. No porque todo edificio deba ser una catedral, sino porque todo edificio es obra de personas, y eso merece verse y valorarse.
Si algún día se incendiara uno de nuestros grandes edificios patrimoniales, ¿tendríamos las manos para reconstruirlo? Ojalá nunca tengamos que responder esa pregunta. Pero sería bueno prepararnos por si acaso.
Juan José Pujana Mena es empresario de proyectos de vivienda en Bogotá.
