El edificio que cayó solo: lo que Bangkok nos recuerda sobre construir bien

Edificio de gran tamaño destruido
Foto: Unsplash

Columna de opinión

Hay videos que uno no olvida. El del 28 de marzo de 2025 en Bangkok es uno de ellos. Un edificio de 33 pisos, todavía en obra, que se desploma en segundos, envuelto en una nube de polvo, mientras la gente corre por la calle. Era la futura sede de la Oficina de Auditoría del Estado de Tailandia, de 137 metros de altura, y estaba a punto de recibir sus acabados.

Lo que hace esta historia especialmente dura es un detalle: el terremoto, de magnitud 7,7, ocurrió en Myanmar, a cientos de kilómetros. Bangkok sintió la sacudida, los edificios se movieron, hubo pánico. Pero la inmensa mayoría de las torres de la ciudad resistió. Ese edificio no. Murieron 96 personas, casi todas trabajadoras y trabajadores de la obra.

Lo que encontró la investigación

Al principio las sospechas se concentraron en la calidad del acero, porque se encontraron varillas que no cumplían los estándares. Pero las conclusiones de la investigación apuntaron a algo más profundo: deficiencias de diseño y de construcción en los muros del núcleo de ascensores y escaleras, que no fueron capaces de absorber las fuerzas cortantes como debían. Es decir, el corazón estructural del edificio falló.

En agosto de 2025, 23 personas, entre ellas directivos de las empresas del consorcio constructor, fueron acusadas por negligencia grave y homicidio. El proceso seguía abierto en 2026.

Por qué me afecta tanto

Escribo esto como alguien que construye. Y lo que más me inquieta de Bangkok no es el terremoto, que nadie puede evitar, sino la idea de que un edificio pueda pasar todos los controles, avanzar durante años y llegar casi a su fin con un error de fondo que nadie detectó o que alguien decidió ignorar.

En construcción, la mayor parte de lo importante queda escondido. Cuando un comprador visita un apartamento terminado, ve pisos, ventanas, acabados, la vista. No ve el acero dentro de las columnas, ni la resistencia real del concreto, ni si los muros estructurales se hicieron como decían los planos. Confía en que alguien lo verificó. Esa confianza es, probablemente, lo más valioso que tiene nuestro oficio. Y también lo más frágil.

Colombia y su propio riesgo

Colombia es un país sísmico. Bogotá está en una zona de amenaza sísmica intermedia, y otras ciudades en zonas de amenaza alta. Tenemos una buena norma, la NSR-10, y un sistema que exige estudios de suelos, diseño estructural firmado por profesionales, licencias y supervisión técnica independiente en muchos proyectos.

Pero la norma, por sí sola, no garantiza nada. Lo que garantiza la seguridad es que cada eslabón de la cadena haga su trabajo: el diseñador que calcula bien, el proveedor que entrega el material que dice entregar, el laboratorio que ensaya de verdad las muestras de concreto, el supervisor técnico que revisa en obra y no solo en el papel, el constructor que no recorta donde no se ve.

Colombia vivió su propia lección hace pocos años con el colapso del edificio Space en Medellín, en 2013, que llevó a endurecer las reglas de supervisión. Cada tragedia así deja la misma enseñanza, y es dolorosa: los atajos en la estructura siempre se pagan, aunque a veces tarden años en cobrarse.

Lo que le pediría a mi sector

No escribo esto para señalar a nadie. La gran mayoría de las constructoras en Colombia hacen su trabajo con seriedad. Pero creo que hay tres cosas en las que podemos ser más exigentes con nosotros mismos.

Supervisión técnica que supervise. Que no sea un trámite ni una firma, sino alguien con autoridad real para detener una obra si algo no cumple.

Trazabilidad de los materiales. Saber de dónde viene cada lote de acero y cada vaciado de concreto, con ensayos verificables. Hoy la tecnología lo hace fácil y barato.

Transparencia con el comprador. Que quien compra pueda saber quién diseñó, quién supervisó y qué ensayos se hicieron. No como un favor, sino como un derecho.

La confianza se construye piso por piso

Hay algo que me repito a menudo: un edificio va a estar en pie durante cincuenta o cien años, mucho después de que nosotros hayamos pasado a otros proyectos. Las decisiones que se toman en la obra, a veces en un día cualquiera, bajo presión de tiempo o de costos, se quedan para siempre dentro del concreto.

Bangkok nos recuerda que la seguridad de un edificio no se decide el día del terremoto. Se decide mucho antes, cuando nadie está mirando. Ojalá en nuestro oficio lo tengamos siempre presente.

Juan José Pujana Mena es empresario de proyectos de vivienda en Bogotá.

Fuentes