
Columna de opinión
Cada 31 de octubre, desde 2014, Naciones Unidas celebra el Día Mundial de las Ciudades. Es una de esas fechas que pasan casi desapercibidas entre tantos días internacionales. Pero a mí me parece una buena excusa para detenernos un momento y hacernos algunas preguntas que en el ajetreo diario casi nunca nos hacemos.
La primera es de dimensión. Según Naciones Unidas, más de la mitad de la población mundial ya vive en ciudades, y para 2050 se espera que la proporción llegue a cerca de dos tercios. En Colombia el proceso fue más rápido: según el último censo del DANE, alrededor del 77 % de la población vive en las cabeceras municipales. Somos, sin discusión, un país urbano. Aunque muchas veces sigamos pensándonos como un país rural.
Crecimos rápido, y se nota
Las ciudades colombianas crecieron a una velocidad enorme en la segunda mitad del siglo XX, empujadas por la migración del campo, por la violencia y por la búsqueda de oportunidades. Bogotá, Medellín, Cali o Barranquilla recibieron millones de personas en pocas décadas. Y como pasa en casi toda América Latina, buena parte de ese crecimiento ocurrió sin planeación: barrios construidos por sus propios habitantes, a veces en laderas o en zonas de riesgo, y que la ciudad formal tardó años en reconocer.
Ese origen explica muchas cosas de lo que somos hoy. La segregación entre el norte y el sur, los largos desplazamientos diarios, el déficit de espacio público, la informalidad. Pero también explica otras: la creatividad, la capacidad de organización comunitaria, la vitalidad de los barrios populares.
Cinco preguntas que me hago
No tengo respuestas definitivas, pero sí algunas preguntas que me acompañan en mi trabajo y que creo que deberíamos hacernos como sociedad.
¿Dónde va a vivir la gente? Si seguimos construyendo vivienda lejos del empleo y del transporte, vamos a seguir condenando a millones de personas a pasar horas en buses. Densificar bien las zonas que ya tienen infraestructura es, para mí, la prioridad.
¿Cómo nos vamos a mover? Bogotá está a punto de tener metro, Medellín tiene uno desde hace décadas y otras ciudades están apostando por sistemas masivos. Pero el transporte solo funciona si caminar hasta él es seguro y agradable.
¿Cómo vamos a enfrentar el clima? Inundaciones, deslizamientos, olas de calor, racionamientos de agua. Nuestras ciudades ya los viven. Adaptarse no es una opción, es una necesidad.
¿Para quién es la ciudad? La gentrificación, el arriendo turístico y el encarecimiento del suelo están cambiando barrios enteros. Queremos ciudades vivas y atractivas, pero no a costa de expulsar a quienes las habitan.
¿Qué espacio público queremos? Andenes, parques, plazas, árboles, arte en la calle. Es lo que hace que una ciudad sea algo más que una suma de edificios. Y es, casi siempre, lo primero que se sacrifica cuando falta presupuesto.
La ciudad la hacemos entre todos
Hay una idea que me parece importante recordar en una fecha como esta: la ciudad no la hacen solo los alcaldes ni los planificadores. La hacemos todos. Quienes construimos, con cada edificio que levantamos y la relación que ese edificio tiene con la calle. Los vecinos, con la forma en que cuidan su cuadra. Los artistas, con lo que pintan en los muros. Los comerciantes, con sus fachadas. Los ciudadanos, con la manera en que usan y respetan lo común.
Por eso creo que quienes trabajamos en la construcción tenemos una responsabilidad especial. Un edificio dura décadas, a veces un siglo. Las decisiones que tomamos hoy definen cómo será la ciudad para nuestros nietos.
Así que este 31 de octubre, más allá de las celebraciones oficiales, me gustaría proponer algo sencillo: salir a caminar el barrio con otros ojos. Mirar qué funciona, qué falta, qué se podría mejorar. Las grandes transformaciones urbanas casi siempre empiezan con alguien que se detuvo a mirar su calle y pensó que podía ser distinta.
Juan José Pujana Mena es empresario de proyectos de vivienda en Bogotá.
