
Columna de opinión
Cartagena es, probablemente, la ciudad más fotografiada de Colombia. Las murallas, los balcones con flores, el atardecer en el mar. Pero hay una obra en la ciudad que casi nunca sale en esas fotos, y que para mí es de las más importantes que se están haciendo en el país. No se ve bien desde la playa porque buena parte está en el agua y en la arena. Es la obra de protección costera.
El proyecto, liderado por la Unidad Nacional para la Gestión del Riesgo de Desastres junto con el Distrito, tiene un presupuesto de unos 245.000 millones de pesos, financiados en un 62 % por la Nación y un 38 % por Cartagena. En marzo de 2026 la primera fase llevaba un 86 % de ejecución, concentrada en Bocagrande, desde el espolón Iribarren en El Laguito hasta la punta de Santo Domingo. Incluye seis espolones para romper la fuerza de las olas, barreras de roca, rellenos de arena para reconformar las playas y un sistema de drenaje pluvial con estaciones de bombeo. Y hay una segunda fase proyectada hacia el norte, de La Tenaza hasta el túnel de Crespo.
Por qué esta obra importa tanto
Cartagena vive dos amenazas al mismo tiempo. Por un lado, la erosión, que lleva décadas comiéndose sus playas. Por otro, el aumento del nivel del mar, que ya se nota en las inundaciones de ciertas calles cuando coinciden la marea alta y la lluvia. Barrios enteros, hoteles, edificios de apartamentos y vías importantes están a pocos metros del agua.
No es un problema futuro. Es presente. Y la obra de protección costera es una de las primeras respuestas serias y de gran escala que da el país a un problema de adaptación climática urbana.
Adaptarse cuesta, no adaptarse cuesta más
Doscientos cuarenta y cinco mil millones de pesos es mucho dinero. Se podría argumentar que ese presupuesto habría servido para vivienda, colegios o transporte. Pero hay que ponerlo en contexto: lo que está en juego es buena parte de la economía turística de la ciudad, miles de viviendas, infraestructura pública y la seguridad de quienes viven ahí. El costo de no hacer nada sería mucho mayor, solo que se pagaría después, y en forma de desastre.
La obra tampoco ha sido fácil. Los frentes fríos de febrero de 2026 obligaron a suspender el dragado durante más de un mes. Es un recordatorio de algo que en construcción sabemos bien: cuando se trabaja con la naturaleza, la naturaleza también decide los tiempos.
Lo que deberíamos aprender en todo el país
Lo de Cartagena no es un caso aislado. Colombia tiene dos costas, ríos que se desbordan, laderas que se deslizan y ciudades que crecieron en lugares de riesgo. La pregunta no es si vamos a necesitar más obras de adaptación, sino cuándo y cuántas.
Y aquí quiero decir algo desde mi oficio. Las grandes obras públicas de protección son indispensables, pero no pueden ser la única respuesta. Cada edificio que se construye en una zona costera o inundable también tiene que adaptarse: cotas de construcción más altas, primeros pisos preparados para el agua, sistemas de drenaje propios, materiales resistentes a la salinidad. Hay normas, pero muchas veces se construye pensando en el mar de hace cincuenta años, no en el de dentro de cincuenta.
También hay decisiones más difíciles. Hay lugares donde, siendo honestos, no se debería seguir construyendo. Decirlo no es popular, sobre todo cuando se trata de zonas con alto valor turístico o inmobiliario. Pero algún día habrá que tener esa conversación con seriedad.
La belleza que queremos conservar
Me gusta pensar en esta obra como algo que protege no solo edificios, sino una forma de vida. Las playas donde juegan los niños de Cartagena, el paseo al atardecer, la relación de la ciudad con el mar. Todo eso depende de que alguien haya decidido, a tiempo, poner rocas, arena y bombas donde hacían falta.
Ojalá la obra se termine bien y a tiempo. Y ojalá sea el comienzo de una forma distinta de pensar las ciudades colombianas: no solo como lugares que hay que construir, sino como lugares que hay que proteger de un clima que ya cambió.
Juan José Pujana Mena es empresario de proyectos de vivienda en Bogotá.
