
Columna de opinión
Cada marzo, cuando se anuncia el Pritzker, el mundo de la arquitectura contiene la respiración durante unas horas. Es lo más parecido que tenemos a un Nobel. Y cada año, además de celebrar a alguien, el premio dice algo sobre lo que la profesión quiere valorar en ese momento.
El 12 de marzo de 2026 el premio fue para Smiljan Radić, arquitecto chileno nacido en Santiago, hijo de padre croata y madre inglesa. Es el segundo chileno en recibirlo, después de Alejandro Aravena en 2016, que hoy preside el jurado. Y lo interesante no es solo que el premio haya vuelto a América Latina, sino el tipo de arquitectura que decidió reconocer.
Una obra que no presume
Si uno busca imágenes de la obra de Radić, lo primero que llama la atención es que no se parece a lo que solemos asociar con los grandes premios. No hay torres de vidrio ni formas espectaculares hechas para la foto. Hay una pequeña casa de concreto en Vilches, en el sur de Chile, de 1997. Hay el pabellón de la Serpentine Gallery en Londres, en 2014, una especie de concha blanca, translúcida, posada sobre piedras enormes. Hay el Teatro Regional del Biobío en Concepción, envuelto en una piel textil que de noche brilla como una linterna. Hay la ampliación del Museo Chileno de Arte Precolombino, la bodega Vik, el centro de artes escénicas NAVE en Santiago.
El jurado habló de una obra situada en el cruce entre la incertidumbre, la experimentación con materiales y la memoria cultural. De edificios que aceptan la fragilidad y la vulnerabilidad y que, aun así, ofrecen un refugio, en sus palabras, estructurado, optimista y silenciosamente alegre. Y destacó algo que me parece especialmente valioso: que en su trabajo lo alto y lo bajo, lo refinado y lo tosco, lo permanente y lo provisional conviven sin jerarquías claras.
Por qué esto importa aquí
En América Latina tenemos una relación complicada con lo provisional. Buena parte de nuestras ciudades se construyó por etapas, con lo que había a mano, con materiales humildes y mucha inventiva. Durante mucho tiempo eso se miró con cierta vergüenza, como algo que había que superar. Lo bueno era lo terminado, lo pulido, lo que se parecía a lo que se hacía en Europa o en Estados Unidos.
Un premio como este dice otra cosa. Dice que hay belleza y hay inteligencia en trabajar con restricciones. En usar una piedra encontrada, una tela, una estructura liviana. En aceptar que un edificio no tiene que aparentar ser eterno para ser valioso.
No quiero idealizar la precariedad, que en nuestras ciudades es muchas veces una forma de injusticia. Una vivienda informal sin estructura adecuada en una ladera no es poesía, es un riesgo. Pero sí creo que la obra de Radić nos invita a mirar con otros ojos la creatividad que existe en la manera latinoamericana de construir, y a no confundir calidad con ostentación.
Lo que me llevo como constructor
En el día a día de un proyecto de vivienda uno está rodeado de presiones: costos, plazos, normas, ventas. Es fácil caer en la idea de que la calidad arquitectónica es un lujo que solo se pueden permitir los museos o las casas de campo. La obra de Radić es una buena respuesta a eso. Mucha de su fuerza viene de decisiones sencillas bien tomadas: cómo entra la luz, qué material se deja a la vista, cómo se apoya el edificio en el suelo.
Hay otra idea que me interesa especialmente, y es la relación entre arquitectura y arte. Radić ha trabajado de cerca con la escultora Marcela Correa, su esposa, y en varios de sus proyectos la frontera entre lo que es construcción y lo que es obra de arte se vuelve borrosa. Es algo en lo que creo mucho: una obra, incluso una obra de vivienda, puede tener una dimensión artística que no dependa de un gran presupuesto. A veces está en el tratamiento de una fachada. A veces, como he defendido tantas veces, en el vallado que rodea la obra mientras se construye.
Un premio para lo cotidiano
En los últimos años el Pritzker ha ido girando hacia arquitectos que trabajan desde lo local, con atención a los materiales, al clima y a la gente. El premio de 2025 fue para el chino Liu Jiakun, conocido por su trabajo cercano a la vida cotidiana. El de 2026, para Radić. No creo que sea casualidad. La profesión parece estar buscando respuestas en otro lado, lejos del espectáculo de las décadas anteriores.
Para quienes construimos en ciudades como Bogotá, eso es una buena noticia. Significa que la conversación global sobre arquitectura se parece cada vez más a la nuestra: cómo hacer mejor con menos, cómo respetar el lugar, cómo construir espacios que acompañen la vida en lugar de imponerse sobre ella.
Chile tiene ahora dos Pritzker en diez años. Colombia, con una tradición arquitectónica riquísima, no tiene ninguno. No es una competencia, pero sí es una invitación a mirar lo que se está haciendo al lado, y a preguntarnos qué tipo de arquitectura queremos defender aquí.
Juan José Pujana Mena es empresario de proyectos de vivienda en Bogotá.
